El siempre quiso pintar.
Siempre destacó en
esa faceta, a veces era, junto con la gimnasia, lo único
que aprobaba en la escuela, posiblemente las dos únicas
cosas que le motivaban.
En el cole sus compañeros
le pedían que les hiciera dibujos de los animales
que aparecían en los
posters
de ‘Especies
protegidas de Icona’ que
colgaban de clase y hacían cola junto a su
pupitre diciendo: ‘a
mí el lince’, ‘ a mi píntame
el buitre’... En el bachiller le cogieron para
pintar unos murales en el campo de fútbol
de su ciudad, que luego no realizó en solidaridad
con su mejor amigo, Eduardo, gran dibujante también
y de familia de pintores, al que no aceptaron su
boceto.
A él le atraía pintar y siempre supo de su habilidad con el lapicero,
pero nunca probó y no sería hasta los 30 años cuando se
hizo con sus primeros pinceles, que arrebató a su entonces novia Nieves,
e incluso sus primeros carboncillos. Entonces hizo su primer cuadro: ‘Homenaje
a Gauguin’, partiendo de un cachito de uno de los más significativos
cuadros de Gauguin.
A partir de ahí poquito a poco fue convirtiéndose
en una de sus más atrayentes actividades, a la que gustaba dedicar las
madrugadas de viernes y sábados por puro placer, donde con la paz de la
noche y aderezado de una suave música, se sentía con especiales
deseos de pintar. Y se le pasaban las noches hasta la madrugada....
Siempre le gustó pintar, y siempre sintió especial atracción
por las marinas, por la luz mediterránea del gran Sorolla. A la vez gustaba
de los claroscuros de los Murillo, Ribera o Caravaggio y también de la
etapa oscura de Goya.
No fue nunca a academias, no pretendía ser el mejor, ni siquiera bueno,
solo quería disfrutar plasmando y aprender sus propias técnicas.
Sus cuadros disponibles a la venta, todos ellos numerados y fechados, son escasos
dado los muchos encargos que recibe de entre la gente que ya le conoce.
Su sueño: jubilarse cuanto antes de su actual trabajo y retirarse a vivir
a la montaña dedicado a la pintura y a montar a caballo.